El convento franciscano de S. Pedro Alcántara
fue el vigésimo y último que la Orden fundó en Canarias, y el segundo
santacrucero tras el dominico de la Consolación, en el todavía entonces puerto
de Santa Cruz, hecho éste que ocurre en el año 1680, no sin antes una oposición
por parte de la otra Orden establecida en el lugar.
Tras unos principios bastantes modestos, el convento fue creciendo en opulencia a medida que el puerto se desarrolla, de tal manera que a pesar de ser el benjamín de esta fundación llegó a tener gran preponderancia entre sus hermanos, y si no fue de los más tradicionales si que se convirtió en el más cómodo.
La comunidad llegó a alcanzar de ordinario la treintena de religiosos.
Tal fue el auge que alcanzó, que hasta en la parroquia matriz, la Concepción santacrucera, se sintieron heridos en el orgullo por la suntuosidad de la torre conventual, de manera que tras un litigio por el número de campanas resuelto en favor de los frailes, se vieron en la obligación de hacer su propia torre aún más alta.
Sin embargo a raíz de las leyes de exclaustración del XIX, las habitaciones conventuales fueron requisadas para casas consistoriales, y así en 1822 se establece allí el ayuntamiento. Con posterioridad han pasado por aquellas históricas paredes la cárcel, la escuela Municipal de Dibujo y un colegio de segunda enseñanza. En la huerta se construyó la plaza del Príncipe y ya en pleno siglo XX se derriban los claustros para construir en su lugar los edificios que vemos en la actualidad: los Juzgados de primera instancia, la Casa de Socorro, la Biblioteca Pública y el Museo Municipal.
La iglesia, tras permanecer algún tiempo cerrada, se vuelve a abrir en 1848, con el título de ayuda de parroquia y es parroquia desde 1869.
La capilla de la V.O.T., al no verse afectada por la exclaustración de conventos siguió con sus funciones normales, hasta que en 1935 los Terceros la ceden a la Primera Orden para que construyan sobre ésta una nueva residencia, fábrica que vemos en la actualidad. Los franciscanos vuelven a dejar la capital tinerfeña hace pocos años.
FUNDACIÓN
La primera ubicación que tuvieron los
franciscanos en Santa Cruz fue la aún hoy existente ermita de San Telmo y que
más se puede definir como ocupación pues se instalaron allí sin ningún tipo de
permiso y con intención de fundar convento. Sin embargo, la cofradía de
pescadores a la que pertenecía la ermita, ayudados por el beneficiado Guirola,
mantuvo un pleito con los frailes, cuya resolución se encuentra en el auto
acordado por el “Consejo de Castilla”, el 25 de julio de 1650, en el que se daba
tres días a los frailes para abandonar San Telmo. Los franciscanos apelaron
dicha sentencia y fueron necesarios dos autos más (13 de septiembre y 12
de noviembre) para lograr el desalojo. Aún así hay autores que
afirman que los franciscanos siguieron cuando menos rigiendo la ermita
hasta fines del siglo XVIII, y tal ves hasta principios del XIX.
Como los dominicos, que antes de fundar su convento habían ocupado la ermita de Regla, tuvieron más suerte al segundo intento. Empezaron esta vez por el principio, pidiendo licencia fundacional al Consejo. El 14 de mayo de 1676 se envió a la audiencia de Las Palmas una Real Cédula con información de lo solicitado, hecha en Santa Cruz el 21 de febrero de 1676. Los frailes presentaron testigos a su favor pero, debido principalmente a la oposición de los dominicos, la iglesia negó el interés y la posibilidad de subsistir un segundo convento, haciendo información de su pobreza y presentando inventario de las míseras alhajas de su sacristía. Pero debió de considerarse de nuevo, y admitir que dos conventos y una parroquia eran insuficientes para atender las almas en un puerto que ya pasaba de 500 vecinos. Por Real Cédula de 22 de septiembre de 1676, aprobada en Madrid por Carlos II el Hechizado, se autorizó la fundación.
Todo aquello se había conseguido con una rapidez que parece indicar que la orden tenía buenos valores en la Corte. También se contó con el patrocinio del recién llegado Capitán General de Canarias, D. Félix Nieto de Silva, conde de Guaro, que ya llevaba el hábito de S. Francisco. Este militar fue estrecho colaborador de los poderes civiles (cabildo de Tenerife y de Gran Canaria), contrariamente a sus antecesores.
El 2 de diciembre de 1676 se contó con la autorización del obispo de Canarias D. Bartolomé García Ximénez, futuro protector del convento. Por último faltaba el consentimiento de las autoridades isleñas. Con tal fin se presentó en el cabildo el 3 de enero de 1677 dos memoriales: uno por parte de fray Juan de Sto. Tomás, del orden de predicadores, poniendo en noticia de la ciudad la pretensión de los franciscanos, para que acordase “lo que fuese más conforme al servicio de Dios y bien del común”; y otro por parte de fray Mateo de Aguilar, provincial de la orden de San Francisco, acompañado de la Real Cédula de 22 de septiembre de 1676, inserta en la provisión de la audiencia de Las Palmas, que concedía licencia de fundación en aquel pueblo.
Con todas las licencias en su poder, a la Orden sólo le faltaba un patrono que le cediese los terrenos necesarios para construir el deseado convento. El patronato, así como el nombramiento del síndico, era tarea del definitorio de la provincia, que se reunió para tal fin el 25 de abril de 1677. Así, fue elegido síndico apostólico del nuevo convento franciscano el capitán Lázaro González Cabrera, vecino de Santa Cruz, y encargado de firmar el convenio del patronato, hecho éste que se realizó el mismo día. El patronato cayó en manos del poderoso caballero de Aguere D. Tomás de Castro Ayala, de ascendencia portuguesa, firmándose el convenio ante el escribano público Matías Oramas Villareal. El patrono cedió para la fundación del convento una ermita que poseía desde 1671, año en que obtuvo licencia fundacional por parte del obispo. Esta se hallaba “en las afueras de la población en un terreno cubierto de cardones y toscas, a orillas del barranquillo del Toscal”, y estaba dedicada a Nuestra Señora de la Soledad, S. José y S. Antonio. Los terrenos circundantes se componían de tres sitios que D. Tomás de Castro adquirió a Doña Marina de la O y Calzadilla, viuda del regidor de la isla, el 20 de julio de 1680. La ermita poseía su retablo puesto así como cuadros del Ecce Hommo, la Soledad, S. Antonio y S. José. Además donó también 2.000 quintales de piedra de cal y una puerta de cantería, así como el compromiso de construir el altar mayor. A cambio obtuvo los derechos del patronato entre los cuales estaban: colocación de su escudo de armas en la capilla Mayor, puerta de la iglesia, coro y sepultura; habrá silla de brazos para el patrono en la capilla mayor; sucesión del patronato a su descendiente varón; rezar todos los días un responso por el patrono; realizar todos los años la fiesta de los cuatro Santos Patrones en su honor; el Vía Crucis del viernes santo realizarlo en su honor, así como otros derechos de menor importancia.
Al día siguiente el 26 de abril, se entregó las llaves al primer síndico del nuevo convento que fue consagrado al destacado santo seráfico S. Pedro Alcántara. Con la misma rapidez pasaron a instalarse los frailes, sin embargo no fue tan rápida la construcción de la capilla mayor, porque el patrono, por razones que se ignoran, no cumplió lo que había firmado en escritura pública hecha en La Laguna el 25 de junio de 1680 con el obispo D. Bartolomé García Ximénez, por la que Tomás de Castro se comprometía a entregar del primer barco suyo que llegase de las Indias 1.000 ducados para dicha construcción. A su muerte el patronato pasó a su hijas Doña Bárbara Ángela Carrasco, quien tampoco se mostró más activa.
La fundación no vino a tener efecto hasta el 21 de julio de 1680 colocando Su Ilustrísimo Señor Obispo de Canarias, personalmente, el Santísimo Sacramento.
Probablemente de esta primitiva ermita no quede hoy nada.
PRIMERAS AMPLIACIONES
El
primer síndico que tuvo la comunidad, el mencionado capitán Lázaro González
Cabrera, quiso empezar las obras tan pronto como recibe las llaves de la ermita
de manos del patrono. El síndico ordena al maestro cantero Juan Luis Cano que
abra los cimientos para levantar un cuerpo de edificio con destino a vivienda de
los frailes junto a la sacristía de la antigua Soledad. Esta fábrica
consistía en uno o dos cuartos, para residencia de los conventuales, y lo que el
obispo llamaba "oficinas competentes", y probablemente algún cuarto que sirviese
de sacristía. Este cuerpo, al igual que la fachada, eran construcciones
típicamente regionales derivadas de Andalucía, sufriendo el lógico
proceso de adaptación: los huecos repartidos de manera irregular, marcada
tendencia a huir de la simetría y escasa decoración; balcón descubierto en la
segunda planta; en el patio, ventanas de guillotina y pozos; portería del lado
norte. Las obras confiadas a dicho maestro están casi terminadas en 1680.
Consta por escritura fechada en La Laguna el 15 de junio de 1680, que el obispo
había visitado y comprobado por si mismo el estado de las obras, "a las que les
falta poco para acabarse".
Las siguientes obras de importancia no se realizan hasta entrado el siglo XVIII. En estos principios de siglo destaca como maestro de obras y alarife un fraile adscrito al propio convento José Pérez, nacido en Santa Cruz después de mediar el siglo XVII. Este alarife se compromete ante el padre guardián (Francisco Hernández), a trabajar en la iglesia y dirigir las obras. La primera fue el antiguo campanario, más tarde sustituido. Era de cantería azul (donada por el maestro de campo D. Domingo Pérez Falero, alguacil mayor de Lanzarote, ayudando también a su construcción); de forma corriente en el archipiélago, con dos ojos y un tercero encima. Tenía un corredor que la circundaba y una escalera salomónica de ascensión. Esta construcción se acabó sobre 1710, colocándose cuatro años después tres campanas.
Las siguientes obras fueron levantar la capilla mayor y el crucero. Los cimientos empiezan a colocarse en 1709, dirigiendo la obra el mismo fraile José Pérez. Se tienen noticias en las cuentas de 1713 que se suma a los trabajos el alarife Andrés Rodríguez Bello, encargado de la construcción del crucero. Esta es una construcción en Renacimiento, orden toscano. Se trataba de labrar la cornisa de la capilla mayor, arco de ésta y de las colaterales de la Epístola y del Evangelio, en grandes proporciones para un templo de categoría entre los del archipiélago. Aparecen las cuentas de estas obras entre los años 1713-15, en los inventarios de la comunidad, que tenían por costumbre realizar cada pocos años. Dicho alarife aparece en estos como maestro mampostero. José Pérez se encarga de terminar la capilla mayor con unas dimensiones de “9 varas de Castilla de luz, 14 de alto y 12 de profundidad”, techo de madera artesanada en el estilo portugués; amplia gradería para subir al presbiterio; ventanas en los costados; se pintó la techumbre en su fondo y faldones; una puerta de medio punto comunica el presbiterio con la sacristía. Estas construcciones se terminan en el 1718 y se conservan en la actualidad. En ese año se termina también la capilla colateral del Evangelio o de la Virgen del Retiro, dirigiendo la obra el mismo fraile, con una puerta que daba desde ésta a la calle del Tigre (actualmente no se conserva), y que costearon los hermanos de la Orden Tercera de San Francisco. Esta capilla, también de orden toscano, tiene los arcos de ingreso en cantería azul, muros de mampuesto y techumbre de madera artesonado con ochos faldones.
Todas estas obras se efectúan con los 3.000 reales que había donado el obispo García Ximénez, que aparecen en la congregación de 1713 y con las aportaciones del nuevo obispo Lucas Conejero, que :prefería vivir en Santa Cruz, y entre 1718-24 tuvo por morada este convento, para lo cual se le habilitó una estancia construida sobre la sacristía, que denominaban la "celda de Su Ilustrísimo", con un hermoso corredor y escalera de acceso directo al coro.
Sobre el año de 1721 se comienza la construcción de la capilla colateral de la Epístola o de S. Luis, por cuenta del cónsul de Francia, D. Esteban Porlier. Ese mismo año se acaba la construcción de la capilla mayor, aumentando su altura una varas poniéndose cuatro ventanas y quedando terminado el artesonado al gusto portugués y las tejas, costeado con los 720 reales de plata que trajo el capellán Arocha del Nuevo Mundo.
Hasta 1724, y bajo la protección del obispo todavía aparece el padre José Pérez perfeccionando la capilla mayor: el pavimento se cubre con losas de Canaria y ladrillos de Holanda, se ponen vidrieras en las ventanas y se pintan las paredes; se mejora la sacristía con oratorio, lavatorios y jardín. También se encalan las capillas colaterales, terminándose de techar y tejar poco más tarde.
En este primer cuarto de siglo destacan a su vez los trabajos realizados alrededor del convento. Por Orden Real de 9 de febrero de 1709, se aprobó una data de agua para las necesidades del convento y se procede a las obras que conducirán el agua desde los canales a la huerta. Esta procedía de la donación inicial de Castro Ayala, pero el solar era demasiado pequeño y tras un litigio con la iglesia de los Remedios de La Laguna, que era propietaria de tres sitios más colindantes, que les había donado Inés de Armas, el obispo Conejero consiguió para el convento la propiedad de dichos sitios, el 4 de noviembre de 1720, a cambio de misas rezadas. Así se consigue una huerta extensas cerrándose con muros entre 1719-21, por el albañil Manuel Francisco Bello, costeando las obras su Ilustrísimo en su mayor parte y aportando el Capitán General D. Ventura Landaeta la cantidad de 320 reales.
Desde el año 1724 hasta el de 1730 se trabaja en el cañón de la iglesia, con sus puertas y techumbre, hasta llegar al imafronte. En el año 1738 aparece en los inventarios una partida de cantería que se trajo del puerto de los Cristianos, para pavimentar el presbiterio, cuyo costo de 1.190 reales pagó el Coronel D. Francisco Astigarraga, benefactor de esa casa. Sobre 1745 dicho Coronel hizo en la huerta un estanque con asientos a su alrededor.
También por estas fechas se trabaja en el pórtico, colocándose la puerta como final de obra en 1747. D. Francisco de Astigarraga dio toda la madera; las abrazaderas y cantoneras de metal son dotaciones de D. Roberto Lahanti.
Así, aproximadamente a mitad del siglo XVIII, se acaba la construcción de la primitiva iglesia, de planta de crucería, que sería posteriormente ampliada.
EDIFICACIÓN DE LAS NAVES LATERALES
Apenas
habían transcurrido una docena de años en que finalizó la primera construcción,
cuando ya se trabajaba de nuevo para su ampliación, siendo obispo de Canarias D.
Pedro Dávila y
Cárdenas.
Los frailes de la orden Seráfica mantenían un pugilato con la parroquia matriz, la Concepción, a la que querían igualar e incluso superar.
En el año 1760 se plantea la construcción de tres naves. Primero se acomete la fábrica de la del Evangelio. En el año 1761 se apuntaló la techumbre por la parte de la calle del Tigre y se comenzó a levantar la arquería de separación de esta nave con la mayor. Se levanta una tapia más al sur como cierre de esa nave. Se termina esta primera parte de la ampliación en 1763, haciéndose trazas para un nuevo imafronte, una vez terminado la techumbre de esta última construcción. Para esta obra contribuyó principalmente el padre Antonio José Minguens.
Del 66 al 69 se amplia el local del convento con ocho celdas, nuevo refectorio y cocina, obras que ascienden a un costo total de 35.000 reales. También se pone el pavimento del presbiterio, esta vez de mármol, costeándose los gastos (1.319 reales) con las limosnas obtenidas de los sermones del padre lector fray Francisco Guzmán.
Como encargado de estas obras y de las futuras construcciones estuvo probablemente el miembro más activo que la comunidad tuvo en toda su historia, el provincial de la orden fray Jacobo Sol, que se encargaría también de la construcción de la nave de la Epístola, la nueva fachada y la nueva torre. En este periodo se contó con el apoyo del heredero del patronato, el regidor Juan Bautista de Castro Ayala. Fray Jacobo Sol acometió la construcción y restauración de las nuevas habitaciones conventuales. Desde 1769 consta que venía trabajando en la fábrica de la nave de la Epístola, ayudado con 360 reales de plata que donó el Capitán D. Pedro Forstall. Esta construcción tomaba el solar hacia el interior del convento, tropezando con la residencia. Se hizo esta fábrica con mucha habilidad quedando incluida en la nave las capillas que se encontraban en el antiguo claustro. En 1775 se labra la arquería correspondiente a esta nave y sus columnas en el orden toscazo, concluyéndose con la techumbre de madera en 1777, al igual que la del Evangelio.
Como esta nave resultaba oscuras por no tener ventanas del lado del convento, hubo necesidad de nueva reforma. Esta consistió en darle más altura a las paredes sobre las arquerías de la nave mayor, donde se abrieron ventanas para darle luz a la iglesia. Se levantó la nave principal sobre sus antiguas paredes nueve cuartas, poniéndose en cada lado cuatro ventanas de luz.
Al elevarse la nave
mayor y completarse el imafronte con la de la Epístola, se amplió la fachada con
el estilo barroco que vemos en la actualidad. El coronamiento está rematado con
cornisa formada por tres curvas ligadas, que indican la divisoria de las naves,
en cantería roja de La Laguna. Se decora con remates de la misma cantería.
Coronamiento sencillo pero de líneas movidas y de buen gusto. Oculo bajo la
cornisa de la nave mayor. Paramentos de canterías molinera en las esquinerías.
Tres puertas de arcón de medio punto, en el orden toscano, dan ingreso a las
naves. La portada principal, elegante y sencilla a un tiempo, es lo más
sobresaliente. La realiza el padre Sol el 1777, al tiempo que levanta el coro a
su correspondiente altitud, aumentándolo con tribunas laterales y abriendo una
puerta por el lado de la Epístola desde lo alto del primer claustro.
Este pórtico, de igual gusto barroco, se formó con la portada de la iglesia de una nave, reformada y añadida. Hay canterías distintas y hasta trozos donde aparece el neoclásico. El arco de ingreso está franqueado por columnas salomónicas, con capiteles corintios. Sobre ellas, un arquitrabe con remates. Se finge un frontón curvo, rebajado y partido, que encierra una hornacina. En ella hubo en otros tiempos una buena escultura de S. Pedro Alcántara, tallada en mármol, que se encuentra hoy en la sacristía, tras un largo tiempo de olvido en el coro. A la imagen le falta la cabeza, que se rompió, rumoreándose que se llevó al antiguo museo que había en Villa Benítez (en el barrio santacrucero de Vista Bella), que más tarde fue donado al Cabildo. En su lugar se encuentra hoy una imagen de la Virgen, de hierro pintado en gris. Se termina el pórtico principal de la iglesia con el escudo de armas sobre la hornacina correspondiente a la familia del fundador Tomás de Castro Ayala.
Debido a la construcción de la nueva planta, se tuvo que modificar el claustro que daba a la plaza de S. Francisco y construyéndose los cuartos prácticamente nuevos a continuación de la nave de la Epístola. En 1778 se sigue con nuevas mejoras como la del aljibe, realizadas por el padre Sol, y haciéndolo cubierta de bóveda. Este aljibe aparece ya en los inventarios de principios de siglos con unas dimensiones originales de 30 pies de largo, 24 de ancho y 24 de alto, y subsistió hasta 1903.
La fachada que daba a dicha plaza tenía balcón de rejería, reconstrucción del primitivo hecho por Juan Luis Cano, desconociéndose su autor. De esta época son también las fábricas de la torre y de la capilla de la Orden Tercera (contigua a la nave de la Epístola), que se verán con más profundidad.
El padre Jacobo Delgado Sol falleció el 14 de marzo de 1782, siendo en la época muy sensible su muerte, debido a que fue de las personas que más colaboraron al engrandecimiento del convento, no sólo con estas construcciones, sino que aportó otras muchas cosas de menor cuantía, asistiendo al entierro "el Excmo. Sr. Comandante General, oficiales militares y demás pueblo".
CONSTRUCCIÓN DE LA TORRE
El
padre Sol fue el realizador de la torre del convento, que sustituía a la
construida a principios de siglo. Como indican varios autores fue la obra más
destacada de la arquitectura de Santa Cruz en aquella época, sobresaliendo por
encima de las demás construcciones del floreciente puerto. En la actualidad está
incluida en el Palacio de Justicia y casi en el frente de su fachada principal,
dando a la Plaza de S. Francisco.
Su construcción consta ya en los inventarios de 1769. A pesar de la evidente participación del fraile, y debido a la singular belleza de la torre, muy superior a las del resto de la isla construidas con anterioridad (incluida la Concepción lagunera), cabe adjudicar el proyecto a alguien con más nociones en arquitectura que las que podía tener fray Jacobo. Concuerda esta fecha con el establecimiento en la ciudad de la Comandancia de Ingenieros, y fue uno de éstos, el Capitán Antonio Samper, el proyectista de la torre construida con posterioridad en la iglesia matriz santacrucera, que guarda bastantes similitudes con la que nos ocupa. Es por eso que hay autores que afirman que el proyecto pudo ser del mismo autor o de algún otro miembro de dicha comandancia, aunque no se tienen noticias de esto.
En 1772 se está alcanzando el cuerpo de las campanas, habiéndose labrado y sentado en los años de 1770-71 la cantería del cuerpo bajo, con sus cuatro arcos y el asentado de ellos. El inventario del año 1772 nos refleja: "queda acabado el cuarto (del convento) y actualmente se está fabricando una torre al extremo de dicho cuarto y a la entrada de la portería, la que está en el segundo cuerpo, cuya fábrica sube su costo de 59.000 reales".
En el año 1773 se labró la cornisa que sustenta el balcón corrido y se asienta el cuerpo de las campanas, según la costumbre común en el archipiélago.
En 1774 se labraba abundante cantería para terminar inmediatamente la obra, hecho que ocurre en 1775, ya que los inventarios de ese año nos dicen que quedó terminada la torre, por consiguiente se acaba de sentar el templete y la cúpula que lo cierra con su remate.
La vistosidad de la cúpula, especialmente cuando se reflejaba el sol, era manifiesta, ya que se decoró con azulejos traídos de los Países Bajos y de Talavera de la Reina. Estos azulejos fueron donados por D. Pedro Forstall Butler, natural de Irlanda, constante bienhechor del convento. El inventario de 1772 dice: D. Pedro Forstall dio 1.200 ladrillos azulejos para el remate de la torre, que han tenido de costo 928 reales". Estos son obra de la segunda mitad del siglo XVIII estando pintados y vidriados; representan escenas de cazar con matorrales, animales y cazadores, en composiciones variadas; azules sobre blanco los de Talavera, verdes y ocres los de Holanda.
La torre ha sido restaurada en varias ocasiones. En 1833 fue restaurada por el padre fray Gregorio Perdomo (al igual que otras habitaciones del convento); también se reconstruyó parcialmente en l873. Pero cuando más daño sufrió fue en el temporal que azotó la ciudad en 1892, quedando la cúpula parcialmente destruida. Los azulejos fueron desmontados y se construyó prácticamente nueva, como se conserva en la actualidad, corriendo la reforma a cargo del arquitecto municipal D. Antonio Pinto Ocote. Los antiguos azulejos fueron depositados en el Museo Municipal de Bellas Artes de Santa Cruz. Algunos fueron más tarde cambiados por cerámica egipcia del museo de Liverpool.
No hay datos que aporten el costo total de la obra, pero debieron superar los 100.000 reales, aparte de donativos.
La construcción de la torre aumentó las confrontaciones que se mantenían con la Concepción. Como esta iglesia no podía oponerse a que la torre del convento fuese más alta que la suya, y debido a que los frailes habían colocado cuatro campanas en lo alto del nuevo campanario, el beneficiado halló que existía una vieja bula de principios del siglo XV dictaminada por el papa Juan XII, que prohibía a los conventos el uso de más de una campana, manteniéndose un litigio con la parroquia por este tema. La verdad es que, como consta en el inventario de 1708 la orden ya poseía tres campanas (primera, segunda y segundilla), pero hasta ahora no habían tenido la relevancia que tuvieron con la nueva torre. Los frailes se defendieron presentando otra bula de Inocencio XI, con fecha de 12 de febrero de 1685, que derogaba la anterior del siglo XV, si bien sólo a favor de la orden dominica. A pesar de que el entonces obispo era franciscano de la orden de S. Pedro Alcántara, Su Ilustrísimo Cervera, mandó que se bajara por lo menos una. El convento, debido a que se trataba del honor de su patrono, luchó hasta llegar a Roma, donde consiguieron de Pío VI un breve que les autorizaba a poner las campanas que quisieran. El beneficiado se vengó mandando fabricar una torre aún mayor para su iglesia, torre que como vemos en la actualidad nunca llegó a estar concluida del todo, faltándole la cúpula. Los franciscanos, por su parte, colocaron hasta un total de cinco campanas, una de ellas de grandes dimensiones y potente voz.
La única característica o tipismo canario que se advierte en esta torre es el balcón que rodea al cuerpo de las campanas, corrido en sus cuatro frentes. Es de estilo renacimiento en el orden toscano. La planta baja está rasgada por grandas arcos de medio punto (poco frecuentes en las Islas), por donde se entraba a la portería, refectorio y demás habitaciones, más el que daba a la plaza de S. Francisco. Los huecos de las dos repisas siguientes son ventanas, igualmente de arco. La tercera repisa es la de campanas con su balconada, que recuerda la que tiene la torre de Santa Ana en Harlem. Las repisas están deslindadas por gruesos toros, que se repiten en lo alto del parapeto donde descansan las columnas del templete. Estos toros aparecen en casas de la época que se hallaban en los alrededores del convento por lo que el autor de éstas y de la torre podía ser el mismo.
Lo verdaderamente destacado de esta construcción es el templete renacimiento. No hay esquinerías ni pilastras adosadas. Las columnas exentas, formando arquería ochavada sobre zócalo cuadrado. Las columnas sostienen arquitrabe de igual forma y se pasa al círculo en la cúpula. Esta estuvo rematada con una escultura de Nuestra Señora de la Concepción, imagen de especial devoción de los franciscanos. La estatua quedó destrozada tras el temporal del 17 de enero de 1892, según informó al día siguiente el "Diario de Tenerife".
Por último decir que la torre posee un reloj que fue donación de los señores D. Carlos Büchle y D. Guillermo Lemaitre, establecidos en esta ciudad como prósperos comerciantes. La donación se efectúo el 22 de abril de 1872, en agradecimiento a los habitantes de Santa Cruz.
El ayuntamiento acordó el 1 de septiembre de 1873 que se inscribiesen sus nombres en el interior de la torre. Era el tercer reloj público de la ciudad.
CONSTRUCCIÓN DE LA CAPILLA DE LA V.0.T.
Es
posible que ya, cuando los frailes se establecieron en la ermita de S. Telmo,
fundaran la 3ª Orden para infundir por medio de ella el espíritu franciscano
entre los seglares, pero se carecen de datos sobre esto.
En diciembre de 1680 a la llegada del nuevo capitán general de Canarias, D. Félix Nieto de Silva, que llevaba el hábito de la Orden, introdujo un instituto franciscano de los hermanos Terceros ligado al recién fundado convento.
Las primeras noticias de las que se poseen datos constatados son del año 1712, cuando se empiezan a redactar los libros de acuerdos de la “Tercera Orden de Penitencia de S. Pedro Alcántara”.
El 3 de octubre de 1714 se reúne el discretorio o junta directiva, trabajándose los años siguientes en redactar los estatutos que habían de regirla, siendo aprobados el 17 de enero de 1717 (éstos se conservan hoy en el Archivo histórico-provincial de Tenerife).
Desde el principio los Terceros procuran tener capilla propia, y así sufragan los gastos de la capilla colateral del Evangelio, dedicada a la Virgen del Retiro, empezándose a construir en 1712, y acabándose en 1718.
Pero la Orden aspiraba a tener una capilla donde poder reunirse y celebrar sus cultos con total independencia. Y es así como, poco a poco, se proponen la construcción de ésta en los terrenos que quedan detrás de la capilla del Retiro. Estos terrenos le son cedidos por los frailes a petición de los Terceros.
Empiezan construyendo en éstos una sala de despojos. Entre los años de 1745-6 recogen los terciarios 3.252 reales para ésta fábrica, sacando piedras de la huerta conventual y encargando la realización al maestro de obras Esteban Montesdeoca, terminándose la obra en 10 semanas.
En 1756 lo que es una habitación para despojos se convierte en sala de juntas, costeándose con limosnas de los propios hermanos con puerta a la iglesia costeada por Doña Ana Manuela Lobruno, haciéndose más adentro una nueva habitación para despojos.
A principios del año 1758, se solicita al Provincial de la Primera Orden permiso para alagar la sala, poniendo en ella un pequeño retablo con su altar, para la realización de los ejercicios propios de los terciarios, debido fundamentalmente al aumento de hermanos.
En 1759, con la autorización del padre Provincial, D. José Minguens, se hace nuevo agrandamiento y nuevo cuarto de despojos. La licencia también permitía el levantar una pequeña torrecilla interna y la apertura de dos puertas, una a la capilla del Retiro y otra a la calle del Tigre, ambas de medio punto y en cantería.
A finales del mismo año se piensa en transformar lo que es sala de juntas en capilla donde poder venerar la imagen del Cristo orando en el Huerto de los Olivos, de especial devoción para los Terceros.
Así se empiezan a realizar unas obras contrarreloj, como el enladrillado de la sala-capilla, de tal manera que el 24 de febrero de 1760 se coloca la imagen en un pequeño trono, y aún a falta de muchas cosas para terminar la obra, al día siguiente se inaugura la capilla oficialmente, abriéndose al público.
Al siguiente año se acaban de labrar la cantería necesaria y de levantar los muros. Se construye la cuarta sala de despojos, inutilizadas las anteriores por las sucesivas ampliaciones.
En 1762 se continúa trabajando, principalmente en los techos, pues consta que el 8 de septiembre se suspende la elección de cargos por no haberse terminado la obra, hecho éste que ocurre al siguiente año, aunque aún no se ha puesto el retablo.
En el año 1765 se está perfeccionando la cabecera, siendo el encargado de la obra el maestro Juan Luis Gutiérrez, absorbiendo esta construcción la sala de despojos, fabricándose una nueva, la quinta, dos años después. Encima de ésta se hace la sala de juntas, y a continuación de ambas el nuevo campanario con zanja detrás para evitar la humedad. Este era de piedra molinera, sencillo, con dos ojos, rematado con una cruz.
El campanario fue abatido por un huracán en el año 1956, al desplomársele encima un árbol de la plaza del Príncipe. Se recogieron las piedras, para añs más tarde reconstruirse como lo vemos en la actualidad, aumentándose en altura.
En el año 1770 se realizan las últimas construcciones como son el camarín, coro y sacristía.
La edificación de la capilla del Señor del Huerto fue costeada en su mayoría por dos ricas familias de comerciantes de origen irlandés afincadas en el floreciente puerto de Santa Cruz: los Russell y los Forstall. Si a los primeros se les debe fundamentalmente la fábrica, a los segundos se les debe la decoración.
Como muestra de gratitud, los hermanos Terceros accedieron a la petición de ambas familias para la concesión de bóvedas sepulcrales en la capilla. Estas aún se conservan, una a cada lado del altar, la de los Russell en el lado del Evangelio, la de los Forstall en el de la Epístola.
Se dice que las construcciones también se sufragaron con el dinero obtenido en un billete de lotería que resultó premiado, y que con la esperanza de costear la fábrica de la nueva capilla, habían adquirido a medias las dos familias irlandesas.
ÚLTIMAS CONSTRUCCIONES Y SECULARIZACIÓN DEL CONVENTO
Las últimas construcciones que se realizan en el convento son ya de finales del siglo XVIII. Así en 1775 se fabrican dos salas para albergar la escuela y la modesta biblioteca.
Ya acabando la mencionada centuria se acomete la edificación del segundo claustro, al Poniente de lo ya edificado, dando a la huerta. Se trata de una obra de estilo canario, con columnas y zapatas de pino, con corredores abiertos al Sur y al Este, con antepecho de cojinetes y balaustres, fábrica muy típica de la que se desconoce el autor.
La construcción de este nuevo claustro respondía al florecimiento que los seráficos santacruceros habían adquirido a lo largo del siglo XVIII; sin embargo sus expectativas no se vieron cumplidas, y ya en el XIX el convento cae en un abismo del que ya nunca se recupera, probablemente producido por los tumultuosos acontecimientos que sacuden al país en estos principios de centuria.
Consecuencia de la situación política es la desaparición de los conventos, que afecta en concreto a los dos establecidos en la ciudad.
La primera real orden de supresión data del 25 de octubre del año 1820, siendo comunicado al ayuntamiento la orden de desalojo del S. Pedro Alcántara el 15 de diciembre, hecho este que ocurre el 10 de mayo del año siguiente; se mandaba que los enseres y pertenencias pasasen al crédito público, los objetos de culto a la parroquia y los objeto de arte al gobierno.
A pesar de la ley, lo cierto es que el convento se hallaba casi desocupado por el número insignificante de frailes que todavía moraban en él.
Lo que primero tuvo utilidad en la nueva situación política fue la huerta, que pasó inmediatamente a servir de campo de instrucción para la compañía de milicias; posiblemente estaba ya abandonada por los frailes, ya que servía para este fin desde antes de la incautación.
Pero lo que en realidad ansiaban las autoridades locales de esa casa era establecer allí el ayuntamiento y la diputación provincial, así ya desde antes que se recibió la real orden, el alcalde había pedido al Jefe Político el convento para establecer los gobiernos locales en sus habitaciones, así como escuela de primeras letras, escuela Náutica y cárcel.
El 22 de agosto de 1822 se empiezan las obras de reforma para albergar a tan diferentes establecimientos. El 25 de agosto del siguiente año se celebra la primera sesión en la casa del convento, en la habitación sobre la sacristía, la que en otro tiempo albergó al obispo Conejero.
Sin embargo poco duró la alegría de los mandatarios, ya que no pasó mucho tiempo antes de que las leyes de secularización fueran anuladas, y los gastos realizados en las obras quedaron inutilizados.
A pesar de la abolición de la ley, la comunidad estaba disuelta, y contrariamente al otro convento santacrucero en el que los dominicos volvieron, los franciscanos no reclamaron la propiedad que les pertenecía, con lo que el ayuntamiento y diputación se encontraron en la situación de albergar un lugar que no les pertenecía, pero que tampoco los reclamaban por lo que adoptaron la decisión de parar los trabajos y solicitar al Trono la ratificación de la cesión quedándose allí hasta que les llegase respuesta.
Esta se produjo poco más tarde cuando se le pide al ayuntamiento que desaloje las celdas y habitaciones para albergar en ellas el batallón que se pensaba formar en Santa Cruz. Así el convento se convierte en casa donde caben todos, ya que conviven juntos militares, ediles, presidiarios, estudiantes y hasta unas cuantas familias que no tenían techo donde cobijarse.
En los años 30 de la decimonovena centuria los franciscanos se plantean el volver, nombrándose a tal efecto un guardián para el convento. Pero una vez establecida la Orden se puede definir su vida como puramente vegetativa, pues el número de frailes no pasó nunca de tres. En 1935 abandonan nuevamente su casa.
En ese mismo año, poco después, se dicta nueva real orden de secularización. A partir de este momento lo que antes había sido convento se fracciona en cuatro partes diferentes que siguen distinta vida: la iglesia, la V.O.T., la huerta y las casas conventuales:
IGLESIA
La iglesia no quedó fuera del declive que fueron las leyes de desamortización. Así es que se cierra en mayo de 1821 coincidiendo con el primer desalojo de los franciscanos. Se vuelve a abrir en octubre de 1822, en que mediante real orden de meses antes, el Trono aprueba la habilitación, a solicitud del ayuntamiento, que de ella se hizo para Ayuda de Parroquia.
Restablecidas las ordenes monásticas a fines de 1823, cesó la parroquia y se vuelve a cerrar, diciéndose solamente misa los días festivos, hasta el año 1848 en que, a nueva solicitud del Ayuntamiento, fue trasladada la Majestad de la Iglesia del Pilar, y quedó abierta nuevamente al culto católico con el carácter de auxiliar; concretamente se celebró el acto con festejos populares el 28 de mayo.
El día 30 de julio de 1869 fue erigida Parroquia independiente por el obispo de Canarias D. José Mª Urquinaona, quien era administrador de la de Tenerife por estar ésta vacante.
La Iglesia a mantenido igual categoría desde entonces, sufriendo un paulatino deterioro y abandono a lo largo del siglo pasado, hasta hace unos años en que se a vuelto a potenciar, habiéndose realizado la gran restauración que este edificio, uno de los pocos vestigios que nos quedan del antiguo Santa Cruz, merecía.
V.O.T.
La Venerable Orden soporta mejor la secularización aunque en un principio hubieron confusiones debido a que el Estado se apropió y vendió unas casas que eran propiedad de los Terceros y de cuyo alquiler pagaban los gastos de su instituto. Sin embargo tras aclararse el hecho de que no eran una orden monástica se les devolvió el dinero de las ventas.
La capilla siguió abiertas y sirvió para acontecimientos típicos de esas tumultuosas fechas, como por ejemplo para reunión de la junta electoral en diciembre de 1820 para elección de diputados a Corte y diputados provinciales.
Sin embargo, a raíz de la segunda exclaustración los franciscanos quedan en Santa Cruz y en general en Tenerife, prácticamente desorganizados, a lo que hay que añadir el escaso número de hermanos terceros por lo que no se ve claro cual puede ser el futuro de esta orden seglar.
En 1837 el obispo Luis Falgueras nombra rector de la orden tercera y de su capilla al beneficiado de la Concepción.
En 1849 fue restablecida y agregada a la iglesia del Pilar.
Es en 1864, a raíz del nombramiento del P. Arguibay como director de las tres órdenes franciscanos en Canarias, cuando los terceros recobran su preponderancia y pueden celebrar desde el 14 de febrero todas sus funciones y actos religiosos con total independencia.
En los años siguiente se produce un litigio con la parroquia anexa debido a que el párroco de ésta construye un patio que da a ambas sacristías y la escalera a la calle Consistorio, sin autorización de los terceros, pidiendo después que se pague la obra entre las dos partes. Tal fue la cantidad excesiva que el párroco pidió que el obispado tuvo que actuar tasando la obra y rebajando en mucho la cantidad pedida en un principio.
En 1891 vuelve ha haber conflicto con el patio de uso común, ya el nuevo párroco pide al obispado que la Puerta desde la sacristía de los terceros sea sellada y la escalera a la calle posterior sólo de uso parroquial, hechos éstos que no se aceptan.
Ya en pleno siglo XX ocurre algo que en principio era imprevisible, la reorganización de un convento seráfico en Santa Cruz.
El provincial franciscano en Andalucía solicita a los terceros la cesión de la capilla y la casa de su propiedad para el restablecimiento de la 1ª Orden.
Los terciarios, tras varias juntas en donde se discutió dicha cesión, y tras una primera denegación, decidieron finalmente el 26 de diciembre de ese mismo año de 1915 la entrega de la capilla y la casa gratuitamente y a perpetuidad en usufructo para la deseada fundación, en correspondencia con lo que en siglos pasados habían hecho por ellos los primeros cediéndoles los terrenos.
Se autorizó finalmente la erección por parte de la Congregación de Religiosos el 30 de agosto de 1918 y siendo la maduración oficial en 1924.
En 1935 los Terceros renuevan las concesiones firmadas con anterioridad, y autorizan para edificar sobre el coro o capilla celdas para habitaciones, cuya edificación comienza inmediatamente, acabándose en octubre del 36, obra del arquitecto Domingo Pisaca Burgada.
En el invierno de 1955 un fuerte huracán que azotó la ciudad derrumbó la parte vieja del edificio, frente a la plaza del Príncipe, aprovechándose para hacer una nueva fachada con tres pisos junto al Museo, construyéndose con posterioridad otros dos pisos más sobre la azotea.
Sin embargo tal el Capítulo celebrado en 1983 se decide cerrar la residencia, trasladándose los padres que en ese momento había al convento de S. Miguel de la Victoria de La Laguna, hecho éste que ocurre al año siguiente.
En la actualidad sigue regentada por los Terciarios.
NUEVAS EDIFICACIONES
Como se ha visto el convento quedó fracturado en cuatro partes diferentes, de las cuales dos sobrevivieron, y dos sirvieron de emplazamiento para edificaciones posteriores; esto es, la huerta se convierte en plaza pública, y las habitaciones y claustro en edificio de la Audiencia, juzgados, casa de socorro, biblioteca y museo, actividades que ya se desarrollaban con anterioridad al derribo.
PLAZA DEL PRÍNCIPE
Ya desde la primera exclaustración, la huerta franciscana atrae la atención de los mandatarios locales para la ubicación allí de una plaza en la que era nueva capital del Archipiélago. Sin embargo, el proyecto no prosperó debido al corto periodo constitucional.
En 1938, después de la segunda supresión de convento, la hacienda pública prefirió subastar tan vasto espacio en el centro de Santa Cruz antes de dotar a ésta de un lugar de esparcimiento público que se necesitaba con urgencia.
En 1848 resurge la idea de la plaza, sin embargo después de un estudio se vio que no era factible la adquisición del terreno.
En 1852 el ayuntamiento se entera de que la Capitanía General pretende comprar el solar para establecerse allí. Por fortuna el dueño se encontraba en Cádiz y se negó a vender.
El ayuntamiento se da prisa para intentar la adquisición del terreno, y poco después le hace una oferta al propietario de 80.000 reales, negándose éste, ya que era poco más de la mitad de lo que le había costado. Se le hace nueva oferta, insinuándosele que como se siga negando se le expropiará el terreno. Finalmente en 1857 se efectúa la operación por un total de 90.000 reales pagados al contado.
Se recurre a suscripción popular ya que no se cuanta más que con cerca de 37.000 reales, dando el pueblo la suma de 41.000. Los 12.000 restantes los prestan sin interés destacadas personalidades locales.
Al día siguiente, 7 de diciembre de 1857, se efectúa el derribo simbólico del muro que da a la calle del norte con gran asistencia popular, y no se tarda mucho en iniciarse los trabajos.
Se le encarga la obra al arquitecto municipal D. Manuel de Oraa y Arcocha que presenta el proyecto a la primavera siguiente, sin embargo, antes de la aprobación del mismo se procede al desmonte del solar debido a la fuerte pendiente que hay que nivelar. Es así como el 29 de octubre de 1860 se inaugura la plaza del Príncipe Alfonso, aunque se puede decir que no era más que una explanada.
El proyecto era la tercera obra neoclásica de Oraa; constaba de: parapetos de cercas y pilastras de cantería coronadas por jarrones de mármol; verjas de hierro de dibujo clásico guardando relación con el conjunto de la obra, ligeras y elegantes, reuniendo a las pilastras entre sí; portada dando a la calle del Norte franqueada por dos grandes pilastrones de sillería sirviendo de basamento a sendas estatuas de mármol de carrara, constituyendo con la fuente central de hierro (traída desde Londres en 1870), las únicas notas salientes de la decoración; por último destacar los grandes muros de contención para la nivelación de la plaza, con las barandillas de las escaleras de acceso en forja decorada con perillones, pasamanos, etc., de metal dorado (primera vez que se usa en Tenerife).
La plaza del Príncipe mantenía relación arquitectónica con la anterior realizada por Oraa, la Alameda: las dos eran del tipo de las llamada cerradas, las dos con portadas y ambas decoradas con fuentes; variaban en el desaparecido gusto por lo castrense en la del Príncipe. Esta última es, sin embargo, más grandiosa, a tal punto que es considerada como la mejor plaza del XIX en Tenerife, sin duda debido a que el ayuntamiento para su realización acudió al arquitecto provincial, hecho éste que no era muy frecuente en la época.
En 1864 se plantaron los magníficos laureles de indias que vemos en la actualidad, enviados desde Cuba por un hijo del lugar.
En 1870 con la llegada de la república se le cambia el nombre por otro acorde con la nueva situación política: Alameda de la Libertad.
De la obra primitiva destacaba la fuente central, que aunque desaparecida, nos queda de ella una descripción: “es de seis varas de alto, y se compone de un basamento hexagonal terminado en un chapitel corintio y en cada una de cuyas caras y saliendo una especie de hornacina hay una cabeza de león que arroja agua por la boca. Sobre el chapitel descansa una gran taza circular: de su centro se eleva un grupo de tres tritones con surtidores por las narices, y sus colas entre lazadas sostienen otra taza más pequeña, también circular, en cuya parte exterior tiene seis cabezas pequeñas de león que igualmente arrojan agua por sus bocas; y en medio de esta taza se levanta un bonito grupo de dos niños abrazados que sostienen el juego de agua”.
La fuente se sustituyó en 1929 por el quiosco actual, de bella factura, aunque quizás un poco desproporcionado.
Otro de los elementos destacados son las dos estatuas de la portada principal, que representan a la Primavera y el Verano, traídas desde Génova por el que más tarde sería alcalde santacrucero D. Manuel García Calveras.
Apoyando el peso del cuerpo sobre el pie izquierdo, lo que hace quebrar el talle en ligera curva, viste la Primavera elegante túnica que deja desnudo el hombro y el brazo izquierdos; recogiendo el vuelo de la túnica sobre la cintura, sostiene un ramillete de flores con el antebrazo izquierdo mientras ofrece con la diestra algunas rosas.
El Verano, también efigiado como una doncella, viste túnica algo más corta y sin mangas, que deja brazos y piernas al descubierto, y recoge su cabellera, desflecada en trenzas, con un pañuelo. La mano derecha repliega la túnica hacia la cintura y mientras con la izquierda acaricia una paloma que picotea en su hombro.
La plaza del Príncipe ha recuperado tras la última restauración gran parte de la personalidad que había perdido tras los sucesivos arreglos a lo largo del siglo pasado y vuelve a ser uno de los más bellos rincones de nuestra ciudad.
EDIFICIO DE AUDIENCIA, JUZGADOS Y DEPENDENCIAS MUNICIPALES
Todo lo que fue habitaciones, claustros y celdas conventuales se derribó para la edificación de estos edificios en el siglo pasado, sin embargo vamos a retornar la historia desde 1835 a raíz de la segunda ley de secularización de los conventos.
El ayuntamiento vuelve a pedir la casa y en menos de un año pasa a ocuparlas, y se quedó allí a lo largo de todo ese siglo. En realidad se establecieron sin el permiso pertinente, y una vez establecidos es cuando se solicita la autorización. Esta llega en 1842, aunque es sólo provisional, accediendo al establecimiento de oficinas tanto del ayuntamiento como de la diputación provincial. A partir de hay empiezan los proyectos para los arreglos y mejoras de las salas capitulares primero, y luego para los servicios anexos, cárcel, juzgados, biblioteca y museo con la esperanza de la cesión definitiva. De entre todos estos destaca el realizado por D. Manuel Oraa para la cárcel en 1864.
Sin embargo la cesión definitiva no llega por parte del Gobierno de Madrid hasta el 30 de enero de 1900. Sin embargo ya desde 1881 se vio que el terreno no era suficiente para todas las dependencias: el ayuntamiento con sus archivos, la Diputación Provincial y el establecimiento de segunda enseñanza, la escuela de primeras letras y la cárcel del partido judicial; en una de las capillas de la iglesia se intentaba buscar sitio para la biblioteca y aun hacía falta un local para el museo.
La solución vino a raíz de la deuda que el ayuntamiento tenía con el juzgado municipal al habérseles prometido un local mucho más amplio y acorde con las necesidades de esa dependencia. Así en 1894 se compra un solar que daba a la calle Méndez Núñez para cumplir lo pactado, y se empieza en 1898 la edificación, de tal manera que en 1903 estaba casi terminado.
Pero es también en este año cuando se lanza por primera vez la idea de usar como palacio municipal lo que se estaba fabricando para palacio del Juzgado. Tras la protesta del juez, al que se le prometió las habitaciones que el ayuntamiento dejaba en el convento para más tarde fabricársele allí mismo otro palacio, se procedió al cambio.
Así todo lo que había sido el claustro bajo pasó a ser propiedad del partido judicial, y el segundo para algunas dependencias municipales.
Lo prometido se vino a realizar en 1929, cuando se presenta el proyecto del arquitecto Eladio Laredo. Se contemplaba el derribo de todo el edificio, y la nueva construcción en dos fases y en tres grandes bloques: la Audiencia, con la fachada a la plaza de S. Francisco; los juzgados dando a la calle Ruiz de Padrón; y los Servicios Municipales dando a la Plaza del Príncipe.
La fachada de la Audiencia está resuelta en forma de "U", según se aprecia, está resuelta por dos torreones que se apoyan en ocho columnas de orden toscano, de base rectangular, Rematadas con un entablamento y murete con balaustrada de piedra natural. Los dos torreones, de tres plantas cada uno, están diseñados de manera sencilla, pues en cada nivel sólo existe una ventana enmarcada y dintelada en piedra. Remata los mismos un entablamento apoyado en ménsula y un frontón triangular, sin ninguna decoración en su tímpano en las cuatro caras. La zona central está compuesta principalmente por la torre del antiguo convento que sobrevivió dada su grandiosidad. El edificio acaba con una galería porticada abierta, compuesta por columnas de menor tamaño, realizada en piedra, con arcos de medio punto, que interrumpe el antepecho de igual material. La baranda de la azotea está ejecutada con las mismas características y balaustrada.
La fachada a la calle Ruiz de Padrón es más sencilla. En la primera altura hay tres huecos rectangulares, una puerta abovedada, y dos dinteladas y enmarcadas en piedra, así como una gran portada con ventanales a los lados, también con marcos de cantería rematados por un entablamento de casetones. En la segunda planta se aprecia una seria de huecos, de las mismas proporciones e igual forma que en la primera. Por último en la tercera, separada de la anterior por una fina moldura, distínganse una primera zona con arcos de medio punto y columnillas, en contraste con los vanos rectangulares que se disponen a continuación. Remata el edificio una cornisa y muyete macizo, en donde, realizado en piedra, aparece el escudo municipal, formando parte del antepecho de la azotea.
Por último, en la fachada que corresponde a la calle José Murphy están situadas las dependencias de la Casa de Socorro (actualmente desaparecida), la Biblioteca y el Museo Municipal.
Notas:
-RODRÍGUEZ PÉREZ, Antonio: “Antiguo Convento de San Pedro de Alcántara”
-HISTORIA .- CIORANESCU, Alejandro: “Historia de S/C” II. pp. 289-90
DARIAS Y PADRON, Dacio V.: "Historia de la Religión..." pp. 235-6
VIERA Y CLAVIJO, Joseph: "Noticias de la Historia..." II. pp. 293-4
-FUNDACION.- CIORANESCU, Alejandro: op. cit. pp. 277, 285-
INCHAURBE, fray Diego de: "Compilaciones...". pp. 61-2
INCHAURBE, fray Diego de: "Noticias sobre...".p. 40
VIERA Y CLAVIJO, Joseph: op. cit. pp. 293-4
DOGOUR, José D.: “Apuntes para...” p. 73
- 1ª AMPLIACION .- CIORANESCU, Alejandro: op. cit. pp. 287-8
TARQUIS RGUEZ., Pedro: “A.E.A.” XI. p. 254
TARQUIS RGUEZ., Pedro. “A.E.A.” XII. p. 369
TARQUIS RGUEZ., Pedro: "Retazos ... ". pp. 197-8
INCHAURBE, fray Diego de: “Noticias sobre...” pp. 77, 130, 140-1, 175, 182, 190
- NAVES LATERALES .- GUERRA, Lope A. de la: “Memorias” II. pp. 48, 113
IBIDEM, III. p. 57
IBIDEM, IV. p. 88
INCHAURBE, fray Diego de: "Noticias sobre.." pp. 243, 258, 293
TARQUIS RGUEZ., Pedro: "Retazos ... ". pp.198-9, 200
- TORRE.- CIORANESCU, Alejandro: op. cit. pp. 288-9
GUERRA, Lope A. de la: op. cit. II. p. 48
POGGI, Felipe M.: "Guía histórico...". pp. 69-70
TARQUIS RGUEZ., Pedro: “Retazos ...” pp. 203-7
-V.O.T. .- INCHAURBE, fray Diego de: "La 3ª Orden...". pp. 5, 27, 34-8
POGGI, Felipe M.: "Guía histórico...". pp. 78-9
RGUEZ. GLEZ., Margarita: "Panorama...". pp. 51-2, 64-5
-ÚTIMAS CONSTR. - CIORANESCU, Alejandro: op. cit. III pp. 180-1, IV pp. 70-3
TARQUIS RGUEZ., Pedro: “Retazos ...” p. 201
-IGLESIA:
CIORANESCU, Alejandro: op. cit. III pp. 180-1
POGGI, Felipe M.: "Guía Histórico..." pp. 71-2
VIERA Y CLAVIJO, Joseph.: op. cit. p. 294
-V.O.T.:
CIORANESCU, Alejandro: op. cit. IV pp. 181-2
POGGI, Felipe M.: "Guía Histórico..." pp. 71
INCHAURBE, fray Diego de: “La 3ª Orden...” pp. 45-8
-EDIF. ACTUALES .-
-PLAZA DEL PRINCIPE:
FRAGA GLEZ., Mª Carmen: "Plazas de Tenerife" pp. 49-51
HDEZ. PERERA, Jesús: "Esculturas genovesas en Tenerife" A.E.A. VII. pp. 475-6
TARQUIS RGUEZ., Pedro, "D. Manuel Oraa y Arcocha, creador de la Pl. del Príncipe, Teatro Guimerá y el Mercado Viejo". L.T. 2-may-1953
CIORANESCU, Alejandro: op. cit. III pp. 308-10
-AUDIENCIA, JUZGADOS Y DEP. MUNIC.:
CIORANESCU, Alejandro: op. cit. IV pp. 72-5
RGUEZ. GLEZ., Pedro: "Arquitectura oficial..." pp. 29-37