Navidad

La Navidad hace que, al igual que en Semana Santa, nuestra Parroquia se transforme y se vista con sus mejores galas. Se elabora como es tradicional un artístico belén en el altar mayor junto al que ya poseemos en el denominado altar de la Porciúncula que durante todo el año aparece tapado con un gran cuadro que representa a Nuestra Señora de los Ángeles, y unos días antes de Navidad se quita y aparece el bello nacimiento del siglo XVIII. También se elabora un árbol de Navidad, y en general, toda la iglesia se sumerge en un ambiente festivo y gozoso. Es en la noche del 24 de Diciembre, con la Misa del Gallo, el gran día en el que el Salvador se hace hombre ante nosotros. En esta misa tiene lugar la procesión del niño por las naves del templo, y al término de la Eucaristía se lleva a cabo el tradicional besapiés al sagrado niño. El 25 de Diciembre, en la misa de 12 de la mañana, se representa un belén viviente con los niños de la catequesis (una niña de la Virgen, un niño de San José y los demás de ángeles y pastores).

San Francisco y la Navidad

   Uno de los momentos evangélicos más queridos en el mundo cristiano es, sin duda, el de la Natividad de Cristo, por su carácter profundamente humano y sensible al espíritu. Este acontecimiento, recogido en la tradición hispana de los belenes que se muestran en templos y casas particulares, suele mostrar las figuras de la Sagrada Familia, que pueden ir acompañadas por la mula y el buey arrodillados, pastores, los Reyes Magos y los ángeles, de manera alternativa.

    Sin embargo, en la iconografía cristiana no siempre fue así, puesto que otros temas del ciclo de la Natividad, como el Viaje de Nazaret a Belén, Las dos parteras o las diferentes adoraciones están presentes en el arte, al menos, desde el siglo IV.

    Ahora bien, no puede dudarse que el triunfo del Belén, o representación simple del Misterio [de la Navidad] como tenia iconográfico se debe a San Francisco de Asís. Su primer biógrafo, Tomas de Celano, escribió en 1228 la primera biografía oficial de San Francisco, la Vida Primera, con motivo de su canonización acontecida el 16 de julio de ese año, si bien no se difundió hasta el año siguiente. En ese texto, concretamente en el capítulo XXX de la parte primera, recoge que en la Navidad de 1223 y en Greccio, Francisco solicitó a un amigo, de nombre Juan, que “(...) quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y como fue colocado sobre heno entre el buey y el asno”.

 Este amor de San Francisco por el Misterio del Nacimiento fue luego citado por San Buenaventura, quien escribió la biografía definitiva de San Francisco, la llamada Leyenda Mayor, presentada al Capítulo General de la Orden en 1263 (LM 10, 7). En ella se consagra la escena conocida como el Pesebre de Greccio, donde Francisco, en compañía de sus hermanos franciscanos y de seglares, encabezados por su amigo Juan, rindieron culto a Jesús Niño colocado en un pesebre, acompañado por un asno y un buey.

La presencia simbólica de los animales se entiende entonces, y hoy, como la más clara alusión a la humildad de Cristo desde el pesebre, y de Francisco como el alter christus, o espejo suyo en la humildad y la pobreza. Sin embargo, la imagen del Niño rodeado por los animales para darle calor está presente en la literatura cristiana desde el sigo VI en los evangelios apócrifos, concretamente en el Evangelio del Pseudo Mateo (Parte Primera, capítulos XIII y XIV), que tuvo una gran influencia en la Edad Media, siendo recogida en la Leyenda Dorada escrita por el dominico fray Santiago de la Vorágine hacia 1264, la cual se instituiría en el texto básico de inspiración artística a lo largo de la Edad Media, por las numerosas copias que se lucieron de este libro.

Así pues, en el último cuarto del siglo XIII se consagra el motivo navideño del Misterio, que se verá acompañado con la participación directa de San Francisco. Este hecho devocional muy pronto se manifestó en el arte. Quizás uno de los primeros testimonios iconográficos que sientan las bases de la presencia franciscana en la Natividad es el fresco que Giotto pintó para la iglesia superior de San Francisco, en Asís, sobre el Pesebre de Greccio hacia 1300, por lo tanto, cuando aún estaba reciente la publicación de la Leyenda Mayor de San Buenaventura. Sin embargo, Giotto se inspira aquí de forma clara en la Vida Primera de Tomás de Celano, pues el santo viste de diácono y aparece la disposición del grupo tal y como la relata Celano.

    Este conjunto de imágenes fue continuado por otras, ya en el Renacimiento, como las representaciones de Benozzo Gozzoli o del escultor Giovanni della Robia, cada una con variantes en los personajes que participan en el Pesebre. Pero desde finales del siglo XV se va a introducir un cambio en la relación entre San Francisco y la Navidad. A partir de entonces irá abandonándose la adoración en Greccio y, por tanto, las fuentes medievales, para acercarse a la inclusión de San Francisco en los cuadros en que se muestra a María con el Niño; es decir, se pasa de la simple relación de lo biográfico para incluir al Santo en una visión de lo divino.

Este cambio se anuncia en el Quattrocento italiano por medio de artistas como Ghirlandaio, Pinturicchio y Sandro Boticelli, culminando en la célebre Virgen de Foligno de Rafael de Sanzio (c.1511-1512, Pinacoteca Vaticana, Roma). La nueva concepción de Francisco como santo privilegiado en el disfrute de una visión, casi familiar, de los temas de la Infancia, interesó en gran manera a los pintores de la Contrarreforma, tanto en Italia como en España, al ajustarse perfectamente a la idea del decoro, que consistía en la búsqueda de los valores espirituales por encima incluso de los detalles más realistas. Así encontraremos a San Francisco ante la Virgen con el Niño pintado por Guido Reni en Italia o Vicente Carducho y Claudio Coello en España, todos ellos en el siglo XVII, si bien esta tendencia seguiría a lo largo del Setecientos.

No obstante, de la espiritualidad del Pesebre de Greccio ha quedado un tema, la imagen del Niño sobre los brazos de San Francisco como despertando de un sueño, resultado de una visión que tuvo Juan de Greccio y que está presente tanto en Celano como en San Buenaventura. Este sería el único testimonio iconográfico del tema del Pesebre que llegaría a Canarias, conservándose algunos ejemplos pictóricos de San Francisco con el Niño en los brazos, o recibiéndolo de manos de su Madre, como se aprecia en una pintura del siglo XVIII del retablo de la Consolación de la iglesia de San Francisco de Santa Cruz de Tenerife. Esta sería la evolución en el Barroco del Pesebre de Greccio y una clara muestra del sentido de la Navidad franciscana.

Carlos Castro Brunetto
Profesor Titular del Departamento de Historia del Arte
Universidad de La Laguna